DESIERTO DE LA GUAJIRA
Situado en el Departamento de la Guajira en el extremo norte de Colombia.
Actividades principales: pastoreo de cabras y pesca.
Extensión ancestral Wayuu: 10.000 km2.
Temperatura: 30°a 35° centígrados.
Llueve tan poco en el desierto de la Guajira, que la lluvia es un dios para los wayuu: lo llaman Juya.
“La lluvia es el padre de todas las cosas, las mantiene, las renueva”,
dicen los que viven en esta enorme sabana de arena en la punta norte de
Colombia.
Los hombres y mujeres que saben leer las señales –el vuelo de una
libélula o la humedad en los amaneceres sin brisa– miran hacia arriba y
anuncian: “es tiempo de lluvia”. Niños y grandes corren a sacar las
ollas para recoger las aguas del cielo. Los que han reemplazado por zinc
el techo tradicional de sus casas forman, con canales, un chorro por el
que rueda la lluvia y cae a las poncheras.
El agua lluvia se almacena, además, en pozos enormes, los jagüeyes. A
veces el agua almacenada se seca antes de que termine el verano; a veces
llega el nuevo invierno y alcanza a encontrar un poco del agua antigua.
Los jagüeyes tienen dueño. No dejan que se lave cerca, ni que los niños
jueguen en el agua, pero dejan que la comunidad entera se beneficie de
ellos.
En el desierto, el agua se esconde.

Para sacar el agua que se esconde bajo la tierra árida del desierto de La Guajira, cada día hay más
molinos de viento.
Se levantan al lado de los pocos árboles o donde crece un poco de
hierba. Esta es la señal de la presencia del líquido. Como el agua
subterránea es salobre, sirve solo para el baño de las personas y para
lavar la ropa blanca. De la del jagüey beben los chivos y los ovejos que
son más limpios; los burros lo hacen en el abrevadero, al pie del
molino.
Antes las estaciones de agua y sequía eran fijas. Las grandes lluvias
–violentas y breves– empezaban en septiembre u octubre y podían llegar a
diciembre. Después venía el tiempo frío de sequía y el viento, hasta
abril o mayo. Cuando el viento sopla bajito, barre toda la arena; si es
muy fuerte, forma una nube de polvo que no deja ver. ‘El azote del
tiempo nos quita la vista’, dicen los wayuus.
La lluvia anuncia que es tiempo de sembrar
Cultivan en una pequeña huerta llamada ‘apain’. Son porciones casi
cuadradas de tierra cercadas con cardón –como se llama allí el cactus–.
Se hace así para que las cabras no se coman lo sembrado. Crece yuca,
ahuyama, fríjol, maíz, pepino y sandía. Un día después de la primera
lluvia, se preparan las semillas; se entierran en la tarde, cuando no
hay sol. Cuando aparecen los retoños, hay que echarles agua dos veces al
día.
Luego de las últimas lluvias, es tiempo de limpiar las parcelas, de
desyerbarlas y prepararlas para el nuevo cultivo. Todos se dedican a la
misma tarea y es difícil conseguir trabajadores. Por eso, el que
necesita colaboración invita al ‘baile de la cabrita’. Ofrece comida y
bebida abundante: cabritos, carne, bollos y arepa. Trabajan hasta la
caída del sol. Luego comen y descansan mientras un hombre toca tambora
para empezar la fiesta. Hombres y mujeres se enfrentan en dos filas. En
la cabeza de cada una va un cantor que improvisa letras alusivas al
invierno, a la siembra, al sufrimiento del trabajo. El último día de
trabajo, la fiesta es más grande: la familia prepara una múcura de
chicha y hay juegos, como ‘tiro con cardón’, en el que dos personas,
cada una con cinco pedazos de cactus biches y pelados, se dedican a
golpear al oponente. El más hábil gana. Esa noche hay cantos tristes de
despedida.
Por las cabras miden la riqueza los wayúu

Los
wayuus miden su riqueza, entre otras cosas, por el número de cabras que
posean. Los niños son los encargados de cuidarlas. En la mañana, antes
de ir a la escuela, abren el corral y las dejan libres para que salgan a
pastorear en la sabana; así llaman ese espacio árido que parece
interminable. En la tarde, cuando llegan de la escuela, salen a
recogerlas para llevarlas al corral. Con limones secos, a los que hacen
tres agujeros, fabrican pitos que les sirven para llamarlas. También
hacen pitos con otras pepas que se dan en el desierto. Saben arrancarles
distintos sonidos: unos para llamarlas, otros para que se acerquen al
corral.
En verano, cuando la sequía se alarga y la escasa vegetación se
marchita, las familias se van en busca de los parientes que viven más al
sur, donde son más frecuentes los aguaceros. El primero en irse es el
más viejo, la autoridad. Llega al sitio elegido. Consulta: ¿cómo está el
tiempo?, ¿y los pastos? Pide permiso para quedarse. Sabe que no puede
construir nada que dure; está sólo de paso.
Pero si pasan y pasan los días y no aparece
Juya, el
piache –el sacerdote tradicional– ordena después de un sueño: “es hora
de llamar la lluvia”. Se prepara el tambor, se alista el baile y se mata
un chivo. Los espíritus, creen los wayuus, se comunican con los humanos
vivos en los sueños. Es que los sueños son muy importantes para los
wayuus. Tanto que el saludo en la mañana es: “¿Cómo fue tu sueño?” En la
noche se despiden con un: ‘Que tus sueños sean buenos’.
Vivienda

Los wayuus habitan en rancherías, pequeñas comunidades, con no más de
diez casas distantes unas de otras, donde viven parientes cercanos del
mismo clan. Las casas se hacen con varas de yoto’jolo, que es el ‘alma’
del cardón. Las varas van tejidas. También se tejen las cercas de los
corrales y las huertas. Cada vivienda tiene un lugar para cocinar y otro
para dormir. Están separados y a la vez unidos por una enramada
sostenida por cuatro o más puntales. Es un espacio abierto, para que el
viento refresque el ambiente. Allí se reciben las visitas, se hace la
siesta en los chinchorros y las mujeres se sientan a tejer las mantas,
mochilas y chinchorros. La mítica araña
Walekeru les enseñó este arte.
La cocina está protegida de los animales con cercas vivas de cardón.
Tiene fogón de piedra. Allí se prepara el chivo asado y el friche
–cocido de vísceras de chivo muy condimentadas–.
Las mochilas de los wayúu son tan grandes, que ellos mismos dicen que en ellas cabe todo lo que una persona necesita en la vida.
Los niños, en sus burros o con carretillas, van por agua dos o tres veces por día al molino o al jagüey.
Para un wayúu, los caballos son símbolo de riqueza, seguidos por las mulas y el ganado.
Vestido

La
manta –Wayuusheín– es el vestido tradicional de las mujeres. Se hace
con telas ligeras de vistosos colores. Protege del sol y del viento, que
a veces golpea muy fuerte en la península. Por lo general, se amarran
un pañuelo en la cabeza.
Con grasa de chivo y el polvillo café de un hongo mashu’ka, las mujeres
hacen una pintura, con la que protegen su cara del sol. En ocasiones se
pintan figuras que representan los surcos que deja el viento en la arena
del desierto.
Los wayuus están organizados en
clanes o
eirukuus,
grupos de parientes por línea materna, con un antepasado mítico común.
Cada clan tiene un nombre, una marca y un animal que lo representa.
Cuando las niñas llegan a la edad fértil, se aíslan de la comunidad por
un tiempo. A este encierro no entran sino mujeres: abuela, mamá, tías,
primas que les enseñan a hilar, tejer y otros oficios del hogar. Las
abuelas las ponen al tanto de los secretos de la familia. Una de las
mujeres determina la fecha de salida. Una fiesta marca el fin del
encierro. Ya la niña es majayura –señorita– y puede ser pretendida por
un hombre.
El novio, para casarse, debe entregar a la familia de la novia un
püná
–pago por la novia–. Puede ser cabezas de ganado, dinero, cuentas de
collar de oro. Si la familia de la novia es pobre, es suficiente con
tres ó cuatro cabras; si es pudiente, la familia exige mucho más.
El cementerio wayuu es familiar y define, junto con una fuente de agua,
el territorio donde vive el grupo. “Se es de donde es el propio
cementerio”, por eso el wayuu es de donde va a ser enterrado.
La Danza de la Yonna
La Danza de la Yonna o
Chichamaya se hace para curar las enfermedades, para marcar el fin del encierro, para celebrar una
buena cosecha.
Se convoca al baile tocando el kaasha –tambor– al anochecer. Las
mujeres usan sus mantas más elegantes y un pañuelo que arrastran. Los
hombres se colocan un casquete con penacho de plumas en la cabeza. Los
participantes forman un círculo. Un hombre joven se despoja de sus
abarcas –sandalias tradicionales de suela– y entra en el ruedo. Da
vueltas en círculo, desafiando a una de las mujeres. Esta entra al ruedo
descalza, aprisiona en la cintura manta y pañuelo y corre detrás del
joven al compás de la tambora. La mujer trata de tirar por tierra al
parejo, pero sin empujarlo. El hombre apuesta a no dejarse tumbar. Los
invitados comen cabrito y res, arepa de maíz, café y chicha mascada. Hay
garrafas de ron o cerveza. Las mujeres nunca beben.